Las trabajadoras del sexo han tomado la palabra y se han manifestado abiertamente por las calles de varias ciudades proclamando sus exigencias y denunciando los efectos de las políticas que se imponen desde gobiernos municipales.
01-08-2008 - Sus voces han dado una nueva dimensión al debate feminista sobre la prostitución y obligan, desde nuestro punto de vista, a una reflexión y actualización del discurso y propuesta feminista.
El movimiento feminista ha logrado no sólo visibilizar la realidad de las mujeres sino también su consideración como sujetos de derechos. En este recorrido ha puesto de manifiesto la variedad de formas que adopta la opresión de las mujeres y la pluralidad de identidades desde las que se enfrentan a esas situaciones. Esto nos ha llevado a muchas feministas a cuestionar análisis y discursos que, por lineales, mantienen encerradas a las mujeres en categorías abstractas y que formulan planteamientos que dejan fuera los procesos personales y propuestas de muchas de ellas. Esto sucede con distintos colectivos de mujeres, entre otras, con las trabajadoras del sexo. Ellas han empezado a ofrecer una visión de su realidad más compleja de lo que la mirada prejuiciada es capaz de captar, dejando ver las diferentes circunstancias en las que realizan y se sitúan frente a su trabajo, que existen mujeres que quieren dejar la prostitución y otras que quieren trabajar vendiendo servicios sexuales.
Atender a lo que las trabajadoras del sexo plantan obliga a análisis que se adentren en las diversas realidades que encierra la prostitución, a diferenciar entre la prostitución forzada y la no forzada; entre las distintas situaciones de quienes realizan este trabajo siendo inmigrantes sin papeles o amas de casa o estudiantes; y las consecuencias de las distintas condiciones materiales en las que lo realizan: en la calle, en un piso, en clubes.
El debate en el feminismo
Entre las posiciones encontradas de quienes defendemos los derechos de las trabajadoras del sexo y quienes les niegan esta condición y defienden la abolición de la prostitución existe un acuerdo básico: el apoyo a las demandas de las mujeres que quieren dejar la prostitución y exigen a las administraciones públicas medidas de carácter laboral y social que lo hagan posible.
Este consenso se extiende a la denuncia y condena de las mafias de la prostitución, que extorsionan y fuerzan a las mujeres mediante engaño, coacción y violencia a trabajar a su servicio, manteniéndolas en muchos casos encerradas, privadas de libertad en condiciones prácticamente de esclavitud. La urgente exigencia de medidas eficaces y contundentes para perseguir a esas mafias tiene que ir acompañada de políticas que atiendan su demanda inicial, que no es otra que la de trabajar, ofreciéndoles su regularización y evitando así la aplicación de medidas policiales que no tienen otro objetivo que expulsarlas a su país de origen. Es evidente que el fenómeno de las mafias está relacionado con las políticas de inmigración y no es casual la coincidencia entre las posturas de quienes gobiernan en Europa, cada vez más penalizadoras y abolicionistas respecto a la prostitución y crecientemente restrictivas para la inmigración por medio de leyes que recortan los derechos de las personas inmigrantes.
El desacuerdo entre las distintas posiciones no se produce por la caracterización de las mafias sino por la caracterización de la prostitución, por la identificación que las posiciones abolicionistas realizan entre ésta y las mafias y, por lo tanto, por la extrapolación de las circunstancias que concurren bajo las mafias a todo el ejercicio de la prostitución. Se obvian así otras formas de abuso y explotación de las prostitutas, obviamente condenables pero no equiparables a las mafias esclavistas. Por ejemplo, se producen extorsiones a las trabajadoras del sexo inmigrantes a partir de las redes "comerciales" e incluso familiares que las introducen ilegalmente en el país, cobrándoles enormes sumas de dinero que las dejan endeudadas durante años. Se trata sin duda de una extorsión execrable, pero no es lo mismo que las mafias. Aquí no hay engaño ni coacción sino usura y utilización de una legislación que marginaliza, de hecho, tanto la prostitución como la inmigración realmente existente.
El centro de la polémica aparece más claramente cuando se trata de atender las demandas de quienes, autodefiniéndose como trabajadoras del sexo, afirman que la prostitución no siempre es producto de la coacción, que no lo es en su caso y que quieren continuar trabajando como prostitutas. La sola existencia de quienes así se manifiestan cuestiona la argumentación ideológica central del abolicionismo que identifica prostitución con esclavitud. Cuando el sexo se monetariza, y en mucha mayor medida si no existe ningún tipo de regularización y por tanto en ausencia total de derechos reconocidos para las prostitutas, se produce impunemente la sobreexplotación de las mujeres por los dueños de clubes, los proxenetas, los clientes. Pero esto, contra lo que evidentemente se manifiestan las propias trabajadoras del sexo, no es esclavitud, sino explotación ¡qué ya es decir mucho!
Reducir las distintas realidades de la prostitución a una definición ideológica previamente establecida en términos de agresión y esclavitud sexual no se ajusta a la compleja realidad, y por tanto no resuelve los problemas, más bien al contrario porque sin el reconocimiento de derechos se acentúa la vulnerabilidad de las prostitutas y se favorece la impunidad de quienes se benefician de esa situación de ilegalidad.
Es más, independientemente de lo que para cada persona represente la prostitución, abolirla resulta impracticable porque sus causas están profundamente arraigadas en las estructuras sociales y construcciones ideológicas de esta sociedad patriarcal y capitalista. Las causas últimas de la prostitución hay que buscarlas en la confluencia que se produce entre, por una parte el mercado y la progresiva mercantilización de cada vez más aspectos de la vida y las relaciones sociales, y por otra parte un modelo sexual androcéntrico y heterosexista. Un modelo atravesado por las relaciones de dominación de los hombres y subordinación de las mujeres que, entre otras características, sitúa en el centro la satisfacción del deseo sexual de los hombres al considerar que la sexualidad masculina está guiada por el objetivo de conseguir su placer sexual, como sea, mientras que la sexualidad femenina, además de no tener que ser explícita, debería controlar dicho deseo.
Tampoco hay que perder de vista que el modelo de familia manifiesta serias limitaciones como institución legitimadora de las relaciones erótico-afectivas produciendo relaciones sexuales profundamente insatisfactorias.
Pero además hay que entrar a analizar cuáles son las causas que mueven, aquí y ahora, a una mujer a trabajar vendiendo servicios sexuales. Las causas pueden resultar muy variadas y fruto de un compendio de circunstancias personales y laborales, así como de múltiples condicionantes sociales, culturales y económicos. En muchos casos la razón resulta obvia: la apremiante necesidad de ganarse la vida. Que aparezca como una opción de trabajo con ventajas económicas respecto a otras opciones, por ejemplo para las mujeres inmigrantes, muestra también hasta qué punto son escasas y fuertemente precarias las alternativas laborales que se les ofrecen (servicio doméstico, hostelería), y que, al igual que en estos otros trabajos, hayan ido reemplazando a las mujeres autóctonas que se han desplazado a otros sectores laborales.
La prostitución: un trabajo
La prostitución es un trabajo: la prostituta realiza una transacción económica en la que vende, no su cuerpo, sino servicios sexuales a cambio de dinero. En una sociedad donde el trabajo es la principal vía de integración social negarles su condición de trabajadoras no sólo las despoja de su condición de ciudadanas sino que refuerza hasta el límite el estigma que lleva la prostitución. Pero no es un trabajo como otro cualquiera no sólo por su dureza, por los abusos económicos y sexuales, por el maltrato y menosprecio que tienen que aguantar de clientes y que les resulta difícil denunciar al no reconocerlas como sujetos de derechos. Si fuera así no se explicaría que se diera un tratamiento sustancialmente distinto a lo que sucede en algunas relaciones no comercializadas, donde está presente la violencia, el acoso, incluso el asesinato.
La prostitución no es un trabajo como otro cualquiera por el estigma que comporta, por los abusos y menosprecio que reciben las prostitutas de la propia sociedad, por la criminalización y discriminación que supone. La doble vara que se utiliza para medir a las trabajadoras del sexo y al resto de mujeres tiene que ver con la desestabilización que las prostitutas introducen en el modelo tradicional de mujer, simbolizan en el imaginario colectivo la trasgresión de los límites impuestos a las "buenas mujeres", representan a la mujer provocativa, promiscua, que manifiesta abiertamente su sexualidad.
El estigma que por ello reciben se traduce en un rechazo social que las aísla y por tanto las hace más vulnerables a la exclusión, discriminación y explotación, e impide la mejora de sus condiciones de trabajo. Pero también supone una desvalorización que se extiende a toda su vida quedando así subsumida en la categoría de prostituta: no trabaja "de" sino que "es" prostituta. No se acepta su existencia más allá de cómo la sociedad las define, por tanto no existe diferencia entre su trabajo y su vida privada en la que también se les niega cualquier posición de sujeto, hasta el extremo de cerrar la posibilidad de relaciones sexuales elegidas y placenteras para ellas. No es de extrañar por tanto que esta estigmatización social sea lo que muchas identifican como uno de sus principales problemas.
La capacidad de todas las mujeres para formular sus necesidades y derechos, que el feminismo preconiza e impulsa, se niega por principio a las prostitutas desde las posiciones abolicionistas. Articulan un discurso en el que hacen desaparecer a las mujeres del ámbito de los derechos para reducirlas a su condición de víctimas, sujetos pasivos incapaces de expresar sus necesidades. Es tal la victimización que recae sobre ellas que incluso en su pseudo-nominación se las nombra con participios pasivos, como "prostituidas" y "traficadas". Por este procedimiento se niega la posibilidad que todas las mujeres tienen, aún en situaciones tan difíciles como las que afrontan muchas trabajadoras del sexo, de tomar las riendas de su vida. Pero como han expresado claramente algunas prostitutas-activistas, su profesionalidad reside en la capacidad de controlar sus servicios sexuales, y por tanto su cuerpo, en esa relación comercial, negociando con el cliente y determinando ella los servicios que quiere prestar.
Aspiramos a una sociedad donde las relaciones no estén mecantilizadas, no existan instituciones opresivas ni estereotipos adscritos a cada sexo, ni relaciones de poder entre hombres y mujeres, entre el Norte y el Sur; donde la sexualidad la ejerzamos desde relaciones libres. Y como sucede con tantos otros problemas no vemos factible avanzar, desde las múltiples dimensiones de la lucha feminista, sin abordar los problemas sociales tal y como hoy se plantean para los distintos colectivos de mujeres. Así, contra el estigma y la discriminación defendemos el reconocimiento de las trabajadoras del sexo como sujetos de derechos de ciudadanía, y por tanto derechos sociales y laborales. Quizás así se creen condiciones para que no se produzca la prostitución forzada y para que permitan su ejercicio en condiciones de legalidad y respeto para las mujeres. Esto significa en primer lugar su derecho a ser escuchadas, a establecer alianzas entre las mujeres dentro de la línea del feminismo de ir articulando la diversidad, y de apoyar a los colectivos con los que trabajan.
No sabemos qué será en una sociedad futura del sexo, del amor, ni de nosotras mismas, pero sí que la defensa de la libertad y autonomía de todas las mujeres requiere defender sus derechos y combatir cualquier estigmatización patriarcal.
Justa Montero es cofundadora y miembro de la Asamblea Feminista de Madrid. Begoña Zabala es cofundadora y miembro de Emakunde Internacionalistak de Nafarroa. Este artículo es una revisión adaptada del publicado en el nº 87 de la revista Viento Sur, Julio de 2006, y ha sido publicado, a su vez en el nº 32 de la Revista Pueblos, junio de 2008.
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